Capítulo
treinta y nueve:
Querido Aator:
Hace ya
un mes desde aquel fatídico día, y como no podía ser de otra manera, estoy
aquí, delante del ordenador, sin saber ni siquiera qué contarte que no te haya
dicho ya en las otras veintinueve cartas. ¿Quieres saber algo nuevo? Marta me
ha contado que Mikel estuvo aquí con la zorra de Emily, y se enrolló con ella.
Rompí el contacto con él, y obligué a Ainara a hacer lo mismo. Ése cabrón no
volverá a saber de mí en su puta vida. Y ya, dejo de hablarte de él, no te
pongas celoso, tonto. Te estoy echando demasiado de menos. Cada día se me hace
un nuevo muro que saltar, y cada día ése puto muro está más alto. Qué pena que
nunca me caiga de bruces desde arriba y me abra los sesos contra el asfalto.
Así al menos esta locura acabaría. Como acabó nuestro amor de locos. Y no lo
llamemos locura, llamémoslo tiempo, o lo que es lo mismo, suicidio. Vivo en un
cuenta atrás constante hasta el día en el que los minutos se me agoten y no
quepa más aire en mis pulmones y salte al tremendo vacío que es la muerte. ¿Y
qué vida es ésta si tú no formas parte de ella? Y qué tortura que tú no formes
parte. Convirtiendo mis días en segundos, segundos me parecen los días que pasé a tu lado, mi vida. Cris y yo
también estamos bastante unidas, y no somos las únicas. Además de Ainara,
Judith también forma parte de nuestro grupo, aunque ya no estudia con nosotras.
A ella es quizás a quien más unida estoy. Ella también vive en un torbellino de
tiempo. El chico del que lleva años enamorada se muere día a día tumbado en una
cama de hospital, y ella ni siquiera puede ir a verle. Entre nosotras dos, ni
siquiera existen secretos. Me contó hace un par de días que a principios de
curso se estuvo viendo con uno de los profesores del instituto. Y no sólo eso,
que tuvo relaciones con él. Luego él la dejó tirada, y ahora el único obstáculo
que la separa de Martina es el director. Martina no sabe nada de esto. Judith
sabe que soy una tumba, y nunca mejor dicho por lo muerta que me siento. Cris
ahora mismo está más feliz que nunca, y yo me alegro por ella. Es la única de
nosotros que tiene algo bueno que celebrar; está con una chica. Y cada día las
dos se quieren más. Ainara y Marcos no se hablan. Por los pasillos del
instituto ya ni se saludan, y él parece haber perdido el interés en ella, y de
repente siento que se está comenzando a interesar en mí. Lo que me preocupa es
que no sé si es a raíz de tu muerte, a raíz de que sea la hermana de Ainara, o
porque está confundiendo lo que tenemos, que no es más que una amistad. Ha
pasado un mes desde que te fuiste, y no estoy preparada para empezar, no puedo
seguir, ni quiero.
-Pasa.
Ainara
abre la puerta de la habitación y entra.
-¿Y
ésa cara?- Le pregunta en cuanto la ve.
Maia
traga saliva.
-Estaba
un rato escribiendo aquí.
Ainara
se acerca al escritorio y lee las primeras líneas rápidamente.
-Deberías
de dejarlo ya, Maia. Dejar de torturarte día sí y día también.
Maia
cierra el portátil.
-Tú
no lo entiendes. ¿Qué has venido a decirme?
-Sé
que no te apetece salir, pero Cris quiere vernos.
Maia niega con la cabeza.
-Tienes
razón, no me apetece.
-Dice
que tiene algo importante que contarnos. Y quiere que estemos todas, así que
vístete, que hoy es sábado, ¿y quién eres tú sin salir un sábado?
-Ainara,
no me apetece. Llevo cuatro sábados sin salir, y no me apetece, lo siento.
-No
seas cabezota. Vístete.
Maia
suspira y comienza a buscar lo que se va a poner en el armario.
Ainara
sonríe.
Ésta vez ha sido fácil convencerla.
Cris
mira las fotos de ésa noche en la galería de su teléfono.
Cuántas vueltas dio todo antes de
que Ana y Alexia desaparecieran.
Y
es verdad, aquella noche Eme la encontró en una discoteca con Alexia, le dijo
todo lo que sentía por ella, ambas lloraron, y quedaron en darse una última
oportunidad, pero ésa vez empezando desde cero. Y desde entonces, su relación
va viento en popa.
Lo
complicado ha sido ocultárselo durante éste mes, pero más difícil será para
ella coger a sus amigas y a Eme y decirles chicas,
tengo cáncer. Porque sí, al lunes siguiente a Cris le dieron los
resultados. Y sus temores se hicieron realidad. Efectivamente, tiene cáncer.
Marcos
mira a la chica del otro lado de la mesa.
Están
en la cafetería Vivaldi.
Tania
y él, tomándose unos refrescos.
Llevan
tres semanas y pico quedando día sí y día también, y le está ayudando mucho para
superar lo de Ainara, y también en parte lo de Mónica. Dos desamores en
cuestión de días. Ahora se anda con pies de plomo. Tania, la agente es una tía
tres años mayor que él con la que comparte los mismos gustos.
-Me
acuerdo perfectamente de cuando quedamos la primera vez. Estabas nerviosísimo.
Marcos
se sonroja y ríe.
-Normal,
es la primera vez que una policía me llama a mi número de teléfono de madrugada
con ganas de verme.
-Fue
una locura, tienes razón. Pero es que no podía dejarte escapar.
-Oh,
qué bonito.- Se cachondea él.
-Eres
imbécil.- Se ríe ella.
Ha
pasado un mes ya y su madre aún está enfadada con ella. La cosa al cabo de un
par de semanas pareció calmarse, pero a su madre nunca se le va a olvidar ver
cómo se llevan detenida a su hija. Aquel lunes no fue a clase. Tampoco el
martes. Y a partir de esa semana, se dejó los estudios. Lo que a su madre no le
hizo ninguna gracia, y desde entonces sí que se llevan como el perro y el gato.
Lo que su madre nunca entenderá es que no lo hizo porque no quisiera estudiar, sino
porque lo de Omar y Jorge la despistaron completamente. Judith le entregó su virginidad,
¿y para qué? Terminó ése fin de semana y ellos dejaron de verse. Él comenzó a evitarla,
y ella a ansiar una explicación. Y la tuvo. Sólo
me interesaba tener sexo contigo, Judith. Ya soy mayorcito para tener un lío así
con una alumna.
Aquel
lunes Marta tampoco llevó a cabo su plan. Meditó un poco, y era mucho más inteligente
unirse a ellas, ser una más, integrarse para luego desintegrarlas a ellas. Monicuernos volvió a aparecer, pero ésa vez
no era ella quien controlaba la cuenta. Se la habían robado. La misión que sí que
llevó a cabo fue la pintada en el coche de Martina. Martina + Jorge = Emily. Alexia, la chica del metro la ayudó, y nadie
nunca más volvió a sospechar de Marta.
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