viernes, 24 de abril de 2015

Capítulo treinta y siete:

Capítulo treinta y siete:
                 
-Yo te espero aquí; no quiero que Maia se entere de que me he chivado.
Mikel asiente con la cabeza y abre la puerta del portón y sube hasta el primero.
-¡Mikel, qué alegría verte por aquí!- Exclama la madre de las gemelas en cuanto abre la puerta.
-Había venido a ver a Maia.
Su madre resopla.
-Qué mal, cariño, no puedo ayudarte porque ni yo misma sé dónde se mete. ¿Quieres pasar?
Mikel asiente.

Marta planea sentada en el portal del edificio de Maia la que será su nueva venganza.
Alba.
Ella sabe que está detrás de la cuenta de Monicuernos.
Y tiene que eliminarla.
Tiene que hacer lo posible y lo imposible porque Alba mantenga la boca cerrada.
Se saca la navaja del bolsillo disimuladamente, y sonríe pasándose la lengua por los colmillos.

Gael y Mónica hablan en otra habitación a solas.
-Ahora mismo me da igual mataros. Voy a ir a la cárcel por lo de mi hermana de todos modos.
-¿Pero qué culpa tenemos nosotros? ¿Qué culpa tienen tus amigos y tu hermana?
Él ríe.
-Lidia tiene más culpa que nadie. ¿Sabes? Quiero acabar con esto cuanto antes.
Ella tiembla.
-¿Qué pretendes?
-Te doy una salida fácil. Coge la pistola, entra a la prisión y mata a Lidia. Mis manos se quedarán limpias y tú seguirás viva. Tendrás hasta la oportunidad de escapar.
Y me darás a mí la oportunidad de escapar mientras la policía está entretenida buscándote.
Mónica se queda paralizada un segundo.
¿Tan fácil es? ¿Me va a dar simplemente el arma a mí?
Él la mira serio.
-¿Entonces qué?
Mónica asiente con la cabeza.
-Pásamela, prefiero ser una asesina que morir siendo buena persona.
-Entonces sígueme.
Los dos entran a la cocina, él abre el candado y le da la pistola a Mónica, no sin antes darle un consejo:
-Piénsalo muy bien antes de hacer algo.
Ella le arrebata la pistola de la mano.
En milésimas de segundo ya le ha apuntado en la cabeza a Gael y presionado el gatillo.
Él le muestra una sonrisa.
Al instante le quita la pistola y le da una fuerte patada en la barriga, que la hace desplomarse dentro de la habitación.
Él cierra de nuevo el candado ante la mirada asustada de Lidia.

Cris no le responde al teléfono.
Lo intenta una vez más frente a la puerta de su edificio.
Y reúne el valor suficiente para llamar al telefonillo.
-¿Quién?- Pregunta la madre de Cris al otro lado.
Eme guarda silencio y se aleja.

En el interior de la casa de la familia de Maia, Sabina, su madre entra al salón con una bandeja y dos tazas de café.
Mikel la espera sentado en el sofá.
-¿Y qué era eso que querías contarme, cariño?
Mikel traga saliva.
Quiere desviar el tema.
-Enhorabuena por la magnífica decoración de la casa, Sabina.
Mikel coge la taza, nervioso y se quema las manos.
La suelta y esboza una sonrisa.
-Gracias Mikel, pero qué es lo que has venido a decirme.
Mikel traga saliva.
Está sudando.
-He venido aquí porque hecho demasiado de menos a Maia, y necesitaba verla.
Sabina le sonríe.
-¿Estáis saliendo?
Mikel niega con la cabeza.
-Ya no.
-Pues creo que si has venido hasta aquí por ella debería de darte una oportunidad.

Los dos tienen una conversación normal, de no ser porque son alumna y profesor, y que están en un hotel, alejados del mundo.
-¿Por qué decidiste estudiar arte?
Él no sabe qué responderle.
Lleva un calentón increíble.
-La verdad es que no lo sé.
-Venga, enserio. Todo el mundo nos dice que eso no llega a ningún lado, ¿qué hizo que quisieras impartirlo?
Él se ríe.
-Que tú me lo preguntes.
-Enserio, Jorge.
Los dos están sentados en uno de los laterales de la cama.
Él le posa un dedo en los labios.
-Cállate.
Y se acerca a ella y la besa en la boca, primero con suavidad, y al cabo de unos segundos con violencia. Le aplasta uno de sus pechos con la mano.
Judith intenta apartarse, y él le pone la mano en la nuca y la atrae hacia él.
Baja la otra mano a su cintura, y la cuela por su ropa interior.
Ella se pone roja y comienza a agobiarse.
Cuando le introduce los dedos dentro de su vagina gime, pero no por el placer que le supondría, sino por el dolor. Jorge se está descontrolando y ella no puede hacer nada. Y tal vez en ése momento tampoco le apetece hacer nada. Por un lado huir y esconderse porque no está preparada, por otro lado quedarse y dejar que la boca y las manos de Jorge la consuman en un orgasmo infinito.
Pero está Omar.
Dentro de su mente a veces Omar, a veces Jorge los dos o ninguno de ellos la tumba en la cama y se echa encima de ella.
Ella le quita la camiseta a él.
Los dos se comen con pasión a mordiscos y a caricias.
Él le desabrocha los pantalones a ella.
Judith siente vergüenza cuando le deja los pechos al descubierto bajo su pecho suave y depilado.
Los pezones de Jorge no son lo único que está de punta.
Él le come el cuello.
Ella intenta que se levante para poder lamerle los pezones.
Y lo masturba, primero con timidez, como la cosa más íntima del mundo, luego con calor.
Tiene ganas de gritarle que pare, solo para que él siga más y más.
Él la coge del cuello y gime. Le lame los pechos, y luego pasa rozando por el lado izquierdo de su ombligo. Siente su nariz deslizarse por ahí, junto a los besos.
Y baja.
Primero solo con los labios, luego con la lengua también, él le practica sexo oral.
Ella tiembla por dentro.
Mil escalofríos recorren su piel.
La piel de gallina a cada lengüetazo.
Más calientes con cada beso.

Entre prisas y prisas llega el orgasmo, y ellos tienen todo el tiempo del mundo.

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