Capítulo
treinta y siete:
-Yo
te espero aquí; no quiero que Maia se entere de que me he chivado.
Mikel
asiente con la cabeza y abre la puerta del portón y sube hasta el primero.
-¡Mikel,
qué alegría verte por aquí!- Exclama la madre de las gemelas en cuanto abre la
puerta.
-Había
venido a ver a Maia.
Su
madre resopla.
-Qué
mal, cariño, no puedo ayudarte porque ni yo misma sé dónde se mete. ¿Quieres
pasar?
Mikel
asiente.
Marta
planea sentada en el portal del edificio de Maia la que será su nueva venganza.
Alba.
Ella
sabe que está detrás de la cuenta de Monicuernos.
Y
tiene que eliminarla.
Tiene
que hacer lo posible y lo imposible porque Alba mantenga la boca cerrada.
Se
saca la navaja del bolsillo disimuladamente, y sonríe pasándose la lengua por
los colmillos.
Gael
y Mónica hablan en otra habitación a solas.
-Ahora
mismo me da igual mataros. Voy a ir a la cárcel por lo de mi hermana de todos
modos.
-¿Pero
qué culpa tenemos nosotros? ¿Qué culpa tienen tus amigos y tu hermana?
Él
ríe.
-Lidia
tiene más culpa que nadie. ¿Sabes? Quiero acabar con esto cuanto antes.
Ella
tiembla.
-¿Qué
pretendes?
-Te
doy una salida fácil. Coge la pistola, entra a la prisión y mata a Lidia. Mis
manos se quedarán limpias y tú seguirás viva. Tendrás hasta la oportunidad de
escapar.
Y me darás a mí la oportunidad de
escapar mientras la policía está entretenida buscándote.
Mónica
se queda paralizada un segundo.
¿Tan fácil es? ¿Me va a dar simplemente
el arma a mí?
Él
la mira serio.
-¿Entonces
qué?
Mónica
asiente con la cabeza.
-Pásamela,
prefiero ser una asesina que morir siendo buena persona.
-Entonces
sígueme.
Los
dos entran a la cocina, él abre el candado y le da la pistola a Mónica, no sin
antes darle un consejo:
-Piénsalo
muy bien antes de hacer algo.
Ella
le arrebata la pistola de la mano.
En
milésimas de segundo ya le ha apuntado en la cabeza a Gael y presionado el
gatillo.
Él
le muestra una sonrisa.
Al
instante le quita la pistola y le da una fuerte patada en la barriga, que la
hace desplomarse dentro de la habitación.
Él
cierra de nuevo el candado ante la mirada asustada de Lidia.
Cris
no le responde al teléfono.
Lo
intenta una vez más frente a la puerta de su edificio.
Y
reúne el valor suficiente para llamar al telefonillo.
-¿Quién?-
Pregunta la madre de Cris al otro lado.
Eme
guarda silencio y se aleja.
En
el interior de la casa de la familia de Maia, Sabina, su madre entra al salón
con una bandeja y dos tazas de café.
Mikel
la espera sentado en el sofá.
-¿Y
qué era eso que querías contarme, cariño?
Mikel
traga saliva.
Quiere
desviar el tema.
-Enhorabuena
por la magnífica decoración de la casa, Sabina.
Mikel
coge la taza, nervioso y se quema las manos.
La
suelta y esboza una sonrisa.
-Gracias
Mikel, pero qué es lo que has venido a decirme.
Mikel
traga saliva.
Está
sudando.
-He
venido aquí porque hecho demasiado de menos a Maia, y necesitaba verla.
Sabina
le sonríe.
-¿Estáis
saliendo?
Mikel
niega con la cabeza.
-Ya
no.
-Pues
creo que si has venido hasta aquí por ella debería de darte una oportunidad.
Los
dos tienen una conversación normal, de no ser porque son alumna y profesor, y
que están en un hotel, alejados del mundo.
-¿Por
qué decidiste estudiar arte?
Él
no sabe qué responderle.
Lleva
un calentón increíble.
-La
verdad es que no lo sé.
-Venga,
enserio. Todo el mundo nos dice que eso no llega a ningún lado, ¿qué hizo que
quisieras impartirlo?
Él
se ríe.
-Que
tú me lo preguntes.
-Enserio,
Jorge.
Los
dos están sentados en uno de los laterales de la cama.
Él
le posa un dedo en los labios.
-Cállate.
Y
se acerca a ella y la besa en la boca, primero con suavidad, y al cabo de unos
segundos con violencia. Le aplasta uno de sus pechos con la mano.
Judith
intenta apartarse, y él le pone la mano en la nuca y la atrae hacia él.
Baja
la otra mano a su cintura, y la cuela por su ropa interior.
Ella
se pone roja y comienza a agobiarse.
Cuando
le introduce los dedos dentro de su vagina gime, pero no por el placer que le
supondría, sino por el dolor. Jorge se está descontrolando y ella no puede
hacer nada. Y tal vez en ése momento tampoco le apetece hacer nada. Por un lado
huir y esconderse porque no está preparada, por otro lado quedarse y dejar que
la boca y las manos de Jorge la consuman en un orgasmo infinito.
Pero
está Omar.
Dentro
de su mente a veces Omar, a veces Jorge los dos o ninguno de ellos la tumba en la
cama y se echa encima de ella.
Ella
le quita la camiseta a él.
Los
dos se comen con pasión a mordiscos y a caricias.
Él
le desabrocha los pantalones a ella.
Judith
siente vergüenza cuando le deja los pechos al descubierto bajo su pecho suave y
depilado.
Los
pezones de Jorge no son lo único que está de punta.
Él
le come el cuello.
Ella
intenta que se levante para poder lamerle los pezones.
Y
lo masturba, primero con timidez, como la cosa más íntima del mundo, luego con calor.
Tiene
ganas de gritarle que pare, solo para que él siga más y más.
Él
la coge del cuello y gime. Le lame los pechos, y luego pasa rozando por el lado
izquierdo de su ombligo. Siente su nariz deslizarse por ahí, junto a los besos.
Y
baja.
Primero
solo con los labios, luego con la lengua también, él le practica sexo oral.
Ella
tiembla por dentro.
Mil
escalofríos recorren su piel.
La
piel de gallina a cada lengüetazo.
Más
calientes con cada beso.
Entre
prisas y prisas llega el orgasmo, y ellos tienen todo el tiempo del mundo.
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