Capítulo veintinueve:
Lidia
silba dos veces seguidas, para que su hermano sepa que es ella y le abra.
Su
hermano baja a los pocos segundos, para abrirle la puerta.
El
ascensor no funciona, y tampoco hay luz en las escaleras.
Se
alumbra con la pantalla de su móvil para subir a la segunda planta.
Los dos
están en silencio.
-Te lo
has montado bien sin papá ni mamá, ¿eh?- Lidia rompe el silencio en cuanto
entra al piso.
Le
tiende los doscientos euros.
-Bueno,
no ha estado nada mal salir del nido.
Lidia
suspira.
-De
verdad te lo digo, ¿qué excusa les vas a contar cuando vuelvas?
Gael le
sonríe y le arranca el dinero de la mano.
-Les
diremos que estuve en la casa de unos amigos, en una fiesta. Que se me olvidó
avisarlos, yo que sé. Soy ya mayorcito.
-Pues si
tan mayorcito eres, de éste lío sales tú solo.
-Vamos,
Lidia, ¿no querrás que nuestros padres se enteren de ése tatuaje que llevas en
el culo? Sabes que te han prohibido tatuarte hasta que cumplas los dieciocho.
-Que te
den, subnormal. ¿No ves que te he salvado el pellejo consiguiendo ésos
doscientos euros?
Gael
cierra la puerta de la casa, se guarda el dinero y suelta una carcajada.
-¿Enserio
te has tragado la historia de que mis amigos me quieren pegar?
Y uno a
uno van saliendo todos sus colegas de la habitación del final del pasillo.
Gael
empuja a Lidia, y ella cae al suelo en mitad del pasillo.
-Levántate,
puta.- Gael le escupe en la cara.
Ella, desde
el suelo se limpia el escupitajo con la mano y le da una patada en las bolas a su
hermano que hace que se tambalee el tiempo suficiente como para impulsarse, levantarse
y darle un puñetazo que le da de lleno en la nariz.
Uno de los
amigos de su hermano la ha cogido de la melena.
Otros dos
le inmovilizan los brazos.
La nariz
que tanta cocaína ha visto entrar de Gael sangra.
Él la mira
con odio.
-Ya sabéis
lo que tenéis que hacer.
Los tres
tiran de ella y la encierran en un cuarto vacío y claustrofóbico que hay junto a
lo que antes era una cocina.
Su madre
ha ido al chino de la esquina a comprar cerveza para cuando su padre llegue a
casa del trabajo.
Cris
aprovecha la ocasión para salir corriendo de casa e ir a ver a Eme.
No
quiere que la historia de amor más bonita que ha vivido hasta ahora acabe así.
Va a
luchar contra lo que se le venga.
Porque
si Eme la quiere a ella, ella la quiere el doble, aunque a veces tire la
toalla.
Martina
prepara el desayuno en la cocina.
Juan
está en el salón viendo la televisión.
Jorge se
fue hace rato.
Martina
se muerde el labio al pensar en él y sonríe al tiempo que mete el pan en la
tostadora.
Jorge la mira, sonriente.
Él está encima de ella, desnudo.
La ropa de ella también está
alrededor del sofá, en el salón.
-Después de tanto tiempo ha
estado bien, ¿eh?
Martina no quiere hablar de ello,
le da vergüenza.
-Vístete, anda.
Jorge pesca los calzoncillos del
suelo con el pie, sin dejar de sonreír.
-Antes me dejarás hacerme una…-
Jorge aspira sonoramente por la nariz.
Martina lo aparta y se viste.
-Ah, que ahora también te drogas.
Chico, eres una caja de sorpresas.
Jorge suelta un bufido.
-Llevo ocho años haciéndolo, no
voy a parar ahora.
Jorge la busca en el bolsillo de
su pantalón.
Cuando la encuentra, comienza a
preparársela encima de la mesa.
Martina mira cómo aspira.
Cuando se la termina, se saca un
cigarro y sale al balcón a fumárselo sin decir nada.
Martina lo sigue, vestida ya.
Él aún está en calzoncillos.
Marta contempla la escena desde
la acera.
-Me encanta discutir contigo.- Le
dice Martina, a sus espaldas.
Él ríe.
-¿Enserio? A mí no, eres odiosa.
Ella también ríe.
-Pero es divertido.
Martina apoya los brazos en la barandilla,
a su lado.
Él la mira, suelta el humo, y la besa.
La campanita
que indica que el pan se ha terminado de tostar, sobresalta a Martina.
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