miércoles, 15 de abril de 2015

Capítulo treinta y tres:

Capítulo treinta y tres:
                 
Llueve a las afueras de Albacete.
Aator y Maia descansan apoyando la cabeza en la del otro.
El autobús avanza veloz.
Fuera hace viento.
La vibración del móvil de Maia la saca de la ensoñación.
Mikel.
Maia se endereza en el asiento y responde.
-¿Puedes venir a buscarme? Estoy en la estación sur de Madrid, deseando verte.
Maia traga saliva.
-¿Qué haces en Madrid, Mikel?
-Recuperarte. He venido a verte porque te quiero, y no puedo soportarlo más, Maia.
Maia guarda silencio.
Aator abre los ojos.
¿Es tu madre? Le pregunta, moviendo los labios.
Maia niega con la cabeza.
-Es tarde Mikel, estoy camino a Murcia.
En ése momento, el conductor toca la bocina.
El autobús se tambalea ligeramente por el carril de la autopista.
Aator agarra a Maia del brazo en el momento en el que el autobús entero comienza a inclinarse y acaba aterrizando unos metros más adelante, boca abajo.
El móvil de Maia sale despedido de su mano, y también Aator, que rompe la ventana con su cuerpo y cae boca abajo al asfalto.
-¿Qué ha pasado?- Pregunta alguien detrás de Maia, en el techo del autobús, que ahora hace de suelo.
Una niña pequeña llora, y alguien llama a gritos a otra persona, desesperado.
Aator no se mueve, y Maia grita por el dolor de su muñeca rota.

Ainara lleva rato tumbada en la cama, llorando.
De repente su móvil suena. Se limpia las lágrimas, se tranquiliza y responde.
-Ainara, soy Mónica.
-Sí, dime.
-Sé que no hemos empezado con buen pie, y he estado pensando y creo que deberíamos de ser amigas, o como mínimo compañeras, y saber respetarnos. ¿Te apetece salir a dar una vuelta?

Judith entra a la habitación del hospital.
Margarita se levanta en cuanto la ve y camina hacia ella, con la carta en la mano.
Judith la examina con el rostro serio.
Lo lee todo.
-Está claro que es como mi letra, pero yo no he escrito ésta carta.
Margarita la mira con odio.
-Vamos, Judith, ¿qué vas a decir? La policía está de camino, y no te preocupes por eliminar la prueba. He fotografiado la carta con mi móvil.
-Te estoy diciendo que yo no he escrito esto, Margarita. Tu hijo es amigo mío, y ni siquiera besó a Marta. Anoche estuvo conmigo.
-Ya sé que estuvo contigo, y ojalá y no lo hubiera estado y ahora no estaría así.
Judith niega con la cabeza.
A su espalda se abre la puerta.
-¿Cuál es el problema aquí?- Pregunta el policía.
Dos esperan en el pasillo del hospital, y otros tres vigilan las salidas del hospital.
Margarita le arranca la carta de las manos y se la entrega al guardia.
-Éste es el problema, señor.

-¿Qué quieres, Mónica?- Le pregunta Ainara en cuanto la ve.
Las dos caminan por una calle de Chamartín.
Hace rato que las dos se han visto, y han estado la mayoría del camino en silencio.
-Te lo he dicho; quiero que empecemos de cero.
Ainara no se lo traga.
-Mónica, dime qué quieres y acabamos antes.- Le insiste.
-Está bien. Son dos cosas.
Ainara resopla.
-La primera, te quería pedir que si podría quedarme ésta noche en tu casa a dormir.
Ainara enarca una ceja.
-¿Y eso? ¿Lidia no puede?
-No consigo contactar con ella, y creo que sé dónde podría estar. Necesito que me acompañes.
-Por eso me has traído hasta Chamartín, ¿verdad?
Mónica asiente.
-No es un buen sitio, y no voy a pedirte que entres conmigo. Sólo que si no salgo a la hora a la que te pido, necesito que llames a la policía.
-Pero primero necesito que me expliques qué ocurre.
Mónica carraspea y empieza:
-Soy la mejor amiga de Lidia, nos lo contamos todo, y hace una semana que su hermano se fue de su casa, y el miércoles su hermano dio señales de vida. Le pidió pasta, y ella tenía que conseguirla sí o sí. Su hermano está pirado, y tengo el presentimiento de que está con él.
-¿Y cómo sabes dónde está?
-Por favor, Ainara. Todos mis primos son de Chamartín, estoy al tanto incluso de los vecinos que sacan a sus perros a pasear y no limpian la caca. ¿Cómo no enterarme de que el hermano de mi mejor amiga ahora es okupa al final de la calle donde viven mis tíos?

Judith se desplaza pegada a una de las paredes del hospital.
Va lenta por la repisa que une todas las ventanas de la tercera planta.
El policía sale por la ventana y va detrás de ella.
Dos policías desde el asfalto la apuntan con pistolas.
Ella termina de pasar, y parte de la cornisa se rompe, impidiéndole el paso al agente.
El policía retrocede lentamente, y la repisa se resquebraja más y él y las piedras caen.
Judith lo ve caer, contiene el aliento.
-Agente herido, tenemos un agente herido.- Grita el policía por el walkie-talkie.
La policía de debajo sigue apuntándola con el arma.
Si apretase el gatillo, le volaría la cabeza a ésa loca.
Tania sonríe.
Se siente poderosa.
Desvía el arma un poquito.
Y aprieta el gatillo.
La bala le pasa rozando y rompe la ventana en mil fragmentos.
Judith mira a Tania un segundo, niega con la cabeza y entra por la ventana.
Luna la mira sentada en la silla con la boca abierta.
Estaba leyendo la revista Bravo.
-Luna, tienes que ayudarme.- Le pide.
La bisabuela de Luna duerme plácidamente.
-¿Qué ha pasado?
-Necesito… Esconderme… Por favor.
Y rompe a llorar.

-Paz, ¿enserio me estás pidiendo esto?- Alexia mira el dinero en la mesa, y al lado el folio escrito con los lugares a los que suele ir Cris.
-Necesito que hagas esto. No puedo creer que mi hija sea así.
-¿Me estás dando cincuenta pavos por espiar a tu hija?
Paz niega con la cabeza.
-No lo llames espiar. Necesito saber si mi hija sigue viendo a ésa chica.
Alexia asiente.
Ése es un modo de estar cerca de Cris, y también de Eme.
Coge el dinero y examina la lista.
-¿Cómo va a ir Cris a ésta discoteca si hace cerca de dos años que la quitaron?

Cuando los dos policías del pasillo entran a la habitación donde está la bisabuela de Luna, la chica sabe disimular.
Levanta los ojos de la revista y mira a uno de los dos agentes.
-¿Qué ha ocurrido?
-¿Dónde está la chica? La hemos visto entrar por ésta ventana rota.
-Sí, el disparo también lo he escuchado yo. ¿Estamos bien aquí, o deberíamos de salir fuera? No quiero que le pase nada a mi llalla.
-Luna, te estoy diciendo que la hemos visto, y no creo que se haya evaporado.

Judith se arrastra.
Está al otro lado de una de las losas del techo.
Luna la ha ayudado a subir.
-¿Cómo sabes el camino?- Le había preguntado ella.
-Lo descubrí hace años. Es cierto lo de que todos los caminos llevan a Roma, porque da igual a dónde quieras llegar por ahí arriba sin ser vista, llegarás. Todas las losas se levantan. Ahora sube.
Se muerde el labio, nerviosa.
Luna la ha ayudado a ella, sin esperar nada a cambio.
La ha guiado hasta la sala donde están los uniformes de los cirujanos.

-¿De qué sabes tú mi nombre?- Le pregunta Luna, enarcando una ceja.
-Eso no es lo importante ahora. Ésa tía está pirada y tenemos que detenerla.
-Pues ya te he dicho que aquí no ha entrado.
Él niega con la cabeza y sale disparado de la habitación, junto al otro.
El teléfono de Luna comienza a sonar al cabo de unos segundos.
Es Marta.
-¿A que no sabes lo que ha pasado?
-Marta, si es referente a lo que tú y yo sabemos, mejor cállate.
-¿Por qué? Estás sola, ¿no?
-Sí, bueno, mi bisabuela está durmiendo. Pero te lo dije ayer en el instituto, Marta. Con ese grafiti te pasaste de la raya, y no pienso seguir llevando una cuenta de cotilleos que hace cosas así.
Marta ríe.
-Luna, creía que Judith era tu enemiga, ¿y sabes lo que hice? Dejé en coma a su novio. Para que le doliese lo que a ti.
Luna abre los ojos de par en par.
-Espera, ¿Que has hecho qué?
-Qué más da. Se pondrá bien.
-Metiste a Cris en todo esto por mí también, ¿verdad?
Marta asiente.
-¿Y Mónica?
-¿Qué importa eso ahora? Maia, la hermana de Ainara iba con un chico en el accidente de autobús que ha habido camino a Albacete.
A Luna se le hiela la sangre cuando Marta suelta una carcajada.
-Las gemelas separadas por la muerte.- Se relame los labios.
-¿Cómo sabes lo del accidente? ¿Tú también?
-Claro que no. Yo nunca sería como tu padre, nunca me aprovecharía de vidas inocentes.
-¿De qué hablas, Marta?
-Yo nunca mataría a un crío, y tampoco abusaría de su inocencia. Tu padre era el hijo de puta que me metía mano cuando tan sólo era una cría. ¿Recuerdas la historia que te contaba mil veces? ¿La del hombre sin cara?
Luna asiente.
Ahora sí que está fría.
De repente, trozos de su infancia más olvidada llegan a su mente, y lo que Marta le está diciendo cobra sentido.
-¿Sigues ahí?
-Sí, sí.
-¿De verdad quieres volver a ver a tu padre preso? ¿Quieres que les cuente esto a mis padres?
-Claro que no. Somos amigas.
-Ex amigas, para ser exactos. Y no me pongas ésa cara como si yo fuese la mala aquí. No hay buenos ni malos, cada quien sigue sus ideales. Aunque unos sean más destructivos que otros. Pensaré en qué puedes hacer por mí, y también qué ropa ponerme para el entierro de tu bisabuela.
-¿Cómo dices?
Marta suelta otra carcajada.

-Que si no haces lo que te pido, no sólo será con mis padres con quien hable, sino también con ella. Y morirá. Bien, ya se me ha ocurrido. Queda con Alba para ésta noche. 

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