Capítulo
treinta y tres:
Llueve
a las afueras de Albacete.
Aator
y Maia descansan apoyando la cabeza en la del otro.
El
autobús avanza veloz.
Fuera
hace viento.
La
vibración del móvil de Maia la saca de la ensoñación.
Mikel.
Maia
se endereza en el asiento y responde.
-¿Puedes
venir a buscarme? Estoy en la estación sur de Madrid, deseando verte.
Maia
traga saliva.
-¿Qué
haces en Madrid, Mikel?
-Recuperarte.
He venido a verte porque te quiero, y no puedo soportarlo más, Maia.
Maia
guarda silencio.
Aator
abre los ojos.
¿Es tu madre? Le pregunta, moviendo los
labios.
Maia
niega con la cabeza.
-Es
tarde Mikel, estoy camino a Murcia.
En
ése momento, el conductor toca la bocina.
El
autobús se tambalea ligeramente por el carril de la autopista.
Aator
agarra a Maia del brazo en el momento en el que el autobús entero comienza a
inclinarse y acaba aterrizando unos metros más adelante, boca abajo.
El
móvil de Maia sale despedido de su mano, y también Aator, que rompe la ventana
con su cuerpo y cae boca abajo al asfalto.
-¿Qué
ha pasado?- Pregunta alguien detrás de Maia, en el techo del autobús, que ahora
hace de suelo.
Una
niña pequeña llora, y alguien llama a gritos a otra persona, desesperado.
Aator
no se mueve, y Maia grita por el dolor de su muñeca rota.
Ainara
lleva rato tumbada en la cama, llorando.
De
repente su móvil suena. Se limpia las lágrimas, se tranquiliza y responde.
-Ainara,
soy Mónica.
-Sí,
dime.
-Sé
que no hemos empezado con buen pie, y he estado pensando y creo que deberíamos
de ser amigas, o como mínimo compañeras, y saber respetarnos. ¿Te apetece salir
a dar una vuelta?
Judith
entra a la habitación del hospital.
Margarita
se levanta en cuanto la ve y camina hacia ella, con la carta en la mano.
Judith
la examina con el rostro serio.
Lo
lee todo.
-Está
claro que es como mi letra, pero yo no he escrito ésta carta.
Margarita
la mira con odio.
-Vamos,
Judith, ¿qué vas a decir? La policía está de camino, y no te preocupes por
eliminar la prueba. He fotografiado la carta con mi móvil.
-Te
estoy diciendo que yo no he escrito esto, Margarita. Tu hijo es amigo mío, y ni
siquiera besó a Marta. Anoche estuvo conmigo.
-Ya
sé que estuvo contigo, y ojalá y no lo hubiera estado y ahora no estaría así.
Judith
niega con la cabeza.
A
su espalda se abre la puerta.
-¿Cuál
es el problema aquí?- Pregunta el policía.
Dos
esperan en el pasillo del hospital, y otros tres vigilan las salidas del
hospital.
Margarita
le arranca la carta de las manos y se la entrega al guardia.
-Éste
es el problema, señor.
-¿Qué
quieres, Mónica?- Le pregunta Ainara en cuanto la ve.
Las
dos caminan por una calle de Chamartín.
Hace
rato que las dos se han visto, y han estado la mayoría del camino en silencio.
-Te
lo he dicho; quiero que empecemos de cero.
Ainara
no se lo traga.
-Mónica,
dime qué quieres y acabamos antes.- Le insiste.
-Está
bien. Son dos cosas.
Ainara
resopla.
-La
primera, te quería pedir que si podría quedarme ésta noche en tu casa a dormir.
Ainara
enarca una ceja.
-¿Y
eso? ¿Lidia no puede?
-No
consigo contactar con ella, y creo que sé dónde podría estar. Necesito que me
acompañes.
-Por
eso me has traído hasta Chamartín, ¿verdad?
Mónica
asiente.
-No
es un buen sitio, y no voy a pedirte que entres conmigo. Sólo que si no salgo a
la hora a la que te pido, necesito que llames a la policía.
-Pero
primero necesito que me expliques qué ocurre.
Mónica
carraspea y empieza:
-Soy
la mejor amiga de Lidia, nos lo contamos todo, y hace una semana que su hermano
se fue de su casa, y el miércoles su hermano dio señales de vida. Le pidió
pasta, y ella tenía que conseguirla sí o sí. Su hermano está pirado, y tengo el
presentimiento de que está con él.
-¿Y
cómo sabes dónde está?
-Por
favor, Ainara. Todos mis primos son de Chamartín, estoy al tanto incluso de los
vecinos que sacan a sus perros a pasear y no limpian la caca. ¿Cómo no
enterarme de que el hermano de mi mejor amiga ahora es okupa al final de la
calle donde viven mis tíos?
Judith
se desplaza pegada a una de las paredes del hospital.
Va
lenta por la repisa que une todas las ventanas de la tercera planta.
El
policía sale por la ventana y va detrás de ella.
Dos
policías desde el asfalto la apuntan con pistolas.
Ella
termina de pasar, y parte de la cornisa se rompe, impidiéndole el paso al
agente.
El
policía retrocede lentamente, y la repisa se resquebraja más y él y las piedras
caen.
Judith
lo ve caer, contiene el aliento.
-Agente
herido, tenemos un agente herido.- Grita el policía por el walkie-talkie.
La
policía de debajo sigue apuntándola con el arma.
Si
apretase el gatillo, le volaría la cabeza a ésa loca.
Tania
sonríe.
Se
siente poderosa.
Desvía
el arma un poquito.
Y
aprieta el gatillo.
La
bala le pasa rozando y rompe la ventana en mil fragmentos.
Judith
mira a Tania un segundo, niega con la cabeza y entra por la ventana.
Luna
la mira sentada en la silla con la boca abierta.
Estaba
leyendo la revista Bravo.
-Luna,
tienes que ayudarme.- Le pide.
La
bisabuela de Luna duerme plácidamente.
-¿Qué
ha pasado?
-Necesito…
Esconderme… Por favor.
Y
rompe a llorar.
-Paz,
¿enserio me estás pidiendo esto?- Alexia mira el dinero en la mesa, y al lado
el folio escrito con los lugares a los que suele ir Cris.
-Necesito
que hagas esto. No puedo creer que mi hija sea así.
-¿Me
estás dando cincuenta pavos por espiar a tu hija?
Paz
niega con la cabeza.
-No
lo llames espiar. Necesito saber si mi hija sigue viendo a ésa chica.
Alexia
asiente.
Ése
es un modo de estar cerca de Cris, y también de Eme.
Coge
el dinero y examina la lista.
-¿Cómo
va a ir Cris a ésta discoteca si hace cerca de dos años que la quitaron?
Cuando
los dos policías del pasillo entran a la habitación donde está la bisabuela de
Luna, la chica sabe disimular.
Levanta
los ojos de la revista y mira a uno de los dos agentes.
-¿Qué
ha ocurrido?
-¿Dónde
está la chica? La hemos visto entrar por ésta ventana rota.
-Sí,
el disparo también lo he escuchado yo. ¿Estamos bien aquí, o deberíamos de
salir fuera? No quiero que le pase nada a mi llalla.
-Luna,
te estoy diciendo que la hemos visto, y no creo que se haya evaporado.
Judith
se arrastra.
Está
al otro lado de una de las losas del techo.
Luna
la ha ayudado a subir.
-¿Cómo sabes el camino?- Le había preguntado ella.
-Lo descubrí hace años. Es cierto
lo de que todos los caminos llevan a Roma, porque da igual a dónde quieras
llegar por ahí arriba sin ser vista, llegarás. Todas las losas se levantan.
Ahora sube.
Se
muerde el labio, nerviosa.
Luna
la ha ayudado a ella, sin esperar nada a cambio.
La
ha guiado hasta la sala donde están los uniformes de los cirujanos.
-¿De
qué sabes tú mi nombre?- Le pregunta Luna, enarcando una ceja.
-Eso
no es lo importante ahora. Ésa tía está pirada y tenemos que detenerla.
-Pues
ya te he dicho que aquí no ha entrado.
Él
niega con la cabeza y sale disparado de la habitación, junto al otro.
El
teléfono de Luna comienza a sonar al cabo de unos segundos.
Es
Marta.
-¿A
que no sabes lo que ha pasado?
-Marta,
si es referente a lo que tú y yo sabemos, mejor cállate.
-¿Por
qué? Estás sola, ¿no?
-Sí,
bueno, mi bisabuela está durmiendo. Pero te lo dije ayer en el instituto,
Marta. Con ese grafiti te pasaste de la raya, y no pienso seguir llevando una
cuenta de cotilleos que hace cosas así.
Marta
ríe.
-Luna,
creía que Judith era tu enemiga, ¿y sabes lo que hice? Dejé en coma a su novio.
Para que le doliese lo que a ti.
Luna
abre los ojos de par en par.
-Espera,
¿Que has hecho qué?
-Qué
más da. Se pondrá bien.
-Metiste
a Cris en todo esto por mí también, ¿verdad?
Marta
asiente.
-¿Y
Mónica?
-¿Qué
importa eso ahora? Maia, la hermana de Ainara iba con un chico en el accidente
de autobús que ha habido camino a Albacete.
A
Luna se le hiela la sangre cuando Marta suelta una carcajada.
-Las
gemelas separadas por la muerte.- Se relame los labios.
-¿Cómo
sabes lo del accidente? ¿Tú también?
-Claro
que no. Yo nunca sería como tu padre, nunca me aprovecharía de vidas inocentes.
-¿De
qué hablas, Marta?
-Yo
nunca mataría a un crío, y tampoco abusaría de su inocencia. Tu padre era el
hijo de puta que me metía mano cuando tan sólo era una cría. ¿Recuerdas la
historia que te contaba mil veces? ¿La del hombre sin cara?
Luna
asiente.
Ahora
sí que está fría.
De
repente, trozos de su infancia más olvidada llegan a su mente, y lo que Marta
le está diciendo cobra sentido.
-¿Sigues
ahí?
-Sí,
sí.
-¿De
verdad quieres volver a ver a tu padre preso? ¿Quieres que les cuente esto a
mis padres?
-Claro
que no. Somos amigas.
-Ex
amigas, para ser exactos. Y no me pongas ésa cara como si yo fuese la mala
aquí. No hay buenos ni malos, cada quien sigue sus ideales. Aunque unos sean
más destructivos que otros. Pensaré en qué puedes hacer por mí, y también qué
ropa ponerme para el entierro de tu bisabuela.
-¿Cómo
dices?
Marta
suelta otra carcajada.
-Que
si no haces lo que te pido, no sólo será con mis padres con quien hable, sino
también con ella. Y morirá. Bien, ya se me ha ocurrido. Queda con Alba para
ésta noche.
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