Capítulo veinticinco:
Amanece
en el hospital.
Los
padres de Omar llegaron hace un rato, y a Omar ya le han asignado una
habitación.
El
médico que ha hablado con los padres de Omar les ha dicho que sería un milagro
que su hijo despertase.
Margarita
se aferra a la ilusión de que ése milagro ocurra, mientras se bebe otro café
junto al cuerpo dormido de su hijo.
Su
marido se ha ido a trabajar, y Judith y Ainara están en la cafetería,
desayunando.
Margarita
aprieta la mano fría de Omar.
-Vuelve,
mi vida.- Susurra, y dos lágrimas caen.
-Se
pondrá bien.- Comenta una voz a sus espaldas.
Marta.
Margarita
la mira.
-Cariño,
¿qué haces aquí?
Marta
suspira.
-Me he
enterado de lo de Omar, Judith me ha avisado. He venido lo antes posible.
Margarita
se lo agradece.
-¿Qué
llevas ahí?
Marta se
mira la mano, lleva un sobre rojo cerrado con un sello oscuro.
Sonríe.
-Es una
carta para Omar. He estado toda la noche escribiéndola, pensaba dársela el
lunes.
Margarita
mira fijamente a Marta.
-Se nota
que quieres a mi hijo, y ni él sabe la suerte que tiene de tenerte ahí.
Marta
sigue sonriendo.
-Es un
placer para mí tener a Omar en mi vida. Se pondrá bien. ¿Quieres despejarte,
Margarita? Si quieres, puedo quedarme aquí con él.
Margarita
asiente.
Es
Marta, la mejor amiga de su hijo.
Margarita
sale de la habitación con el café en la mano.
Marta
mira a Omar satisfecha y se sienta a su lado, en la cama.
-¿Sabes,
hijo de puta? Ahora mismo tengo mil formas para matarte, y ni siquiera estás
consciente para saberlo.
Marta
sonríe.
-Bastaría
con robar una jeringuilla y meterte aire por las venas. Bastaría con
desconectar un par de cables y dejarte sin oxígeno. Pero no voy a hacerlo.
Marta
carraspea.
-Me
habría gustado tenerte el lunes en clase, para el gran final. Será divertido
ver a Mónica quemarse viva. Pero si aún con esas consigo escapar de la policía,
prometo que vendré a por ti. Todo éste tiempo has sabido más de lo que me
habría gustado.
-¿Dónde
has estado toda la noche?- La interroga la madre de Cris en cuanto ésta cierra
la puerta.
-He
estado dando una vuelta con Fran.
Su madre
enarca una ceja.
-He
hablado con Fran, me ha contado que ya no estáis juntos.
El pulso
de Cris se dispara.
Su madre
la mira fijamente.
-Hace un
rato han pasado un sobre por debajo de la puerta. Llevaba una foto, tú y esa
amiga nueva tuya dándoos un beso.
Cristina
se queda paralizada.
-Te
prohíbo que vuelvas a verla. Por el amor de Dios, Cris, ¿en qué estabas
pensando?
Eme lee
el mensaje.
Su exnovia, Ana, le ha escrito hace un rato.
Cuando
ella se mudó a Zamora, pusieron punto y final a la relación.
Ahora
que las dos viven en Madrid, Ana quiere volver a verla.
¿Cómo voy a explicarle que me he
enamorado de otra chica en todo este tiempo?
Ana abre
otra vez el álbum de fotos que guarda en el cajón del escritorio.
En sus
cascos suena Rafa Espino con No hay
canción que te defina.
En la
primera página una foto de ellas dos, en el salón de Eme en blanco y negro.
Se ve la
cara regordeta de Eme, ésa mirada que tanto le gustaba ahora bañada en gris,
enmarcada encima de un “te amo” que no es más que un “te amé más que a mí
misma”.
La
siguiente foto también es del mismo día.
La
camiseta azul de Ana, esa que hace tanto que no se pone.
Ella le
da un beso en la mejilla, y Ana sonríe como nunca más volvió a hacerlo.
Pero
pasaron los meses, Eme se fue. Ninguna de las dos culpó a la distancia, su amor
valía más que unos cientos de kilómetros.
La
siguiente foto es de otro día, tomada desde el balcón de la casa de Ana.
Eme la
está abrazando desde atrás.
Y
sonríen.
Sus ojos
se inundan en lágrimas y cierra el álbum.
Otro amor verdadero muerto a
manos de un poeta que alimentaba sus versos con mentiras.
Ana se
sorprende a sí misma encontrando en el cajón una carta de Eme.
La abre.
Cuando
saca los dos folios, recuerda perfectamente ése día.
La
canción termina, y Fase recita el poema Puedo
escribir los versos más tristes esta noche.
-Marta,
¿qué haces aquí?
Marta se
gira y reconoce al enfermero.
-Se
llama Omar, es un amigo mío.
El
enfermero se acerca a ella.
-Haremos
todo lo posible porque se ponga bien cuanto antes.
Marta se
queda en silencio.
-El
verano pasado fuiste mi psicólogo, ¿ahora eres enfermero?
Benjamín
le sonríe.
Es unos
años mayor que ella y es bastante atractivo.
-Siempre
he sido enfermero. Por las mañanas, psicólogo, los fines de semana, enfermero.
Me gusta ayudar. ¿A ti cómo te va?
Marta
también sonríe.
-Me va
bastante bien. A mí me has ayudado mucho. He aprendido a controlar mejor mis
impulsos. Estoy pensando incluso en estudiar medicina o algo así. Ésa máquina
es lo que lo mantiene vivo, ¿no?
Benjamín
asiente.
-Por suerte
tenemos buena tecnología. Cuando tu amigo se despierte, dile que controle más cuando
beba.
Marta asiente
sonriente, y Benjamín sale de la habitación.
-¿Dónde está
Maia?- Le pregunta Judith.
Ainara y
ella están sentadas en la cafetería del hospital.
-Cuando he
llegado a mi casa y me has avisado, ella aún no había vuelto.
Las dos guardan
silencio unos segundos.
-¿Crees que
se pondrá bien?- Le pregunta Judith, preocupada.
Ainara asiente.
-Ya verás
cómo sí.
Y abraza
a Judith, a pesar de que dentro de ella una corazonada le dice que no, que no se
pondrá bien nunca.
Se le saltan
las lágrimas por el pensamiento, pero lo disimula bien abrazando con más fuerza
a Judith.
No hay comentarios:
Publicar un comentario