lunes, 6 de abril de 2015

Capítulo veinticinco:

Capítulo veinticinco:
            
Amanece en el hospital.
Los padres de Omar llegaron hace un rato, y a Omar ya le han asignado una habitación.
El médico que ha hablado con los padres de Omar les ha dicho que sería un milagro que su hijo despertase.
Margarita se aferra a la ilusión de que ése milagro ocurra, mientras se bebe otro café junto al cuerpo dormido de su hijo.
Su marido se ha ido a trabajar, y Judith y Ainara están en la cafetería, desayunando.
Margarita aprieta la mano fría de Omar.
-Vuelve, mi vida.- Susurra, y dos lágrimas caen.
-Se pondrá bien.- Comenta una voz a sus espaldas.
Marta.
Margarita la mira.
-Cariño, ¿qué haces aquí?
Marta suspira.
-Me he enterado de lo de Omar, Judith me ha avisado. He venido lo antes posible.
Margarita se lo agradece.
-¿Qué llevas ahí?
Marta se mira la mano, lleva un sobre rojo cerrado con un sello oscuro.
Sonríe.
-Es una carta para Omar. He estado toda la noche escribiéndola, pensaba dársela el lunes.
Margarita mira fijamente a Marta.
-Se nota que quieres a mi hijo, y ni él sabe la suerte que tiene de tenerte ahí.
Marta sigue sonriendo.
-Es un placer para mí tener a Omar en mi vida. Se pondrá bien. ¿Quieres despejarte, Margarita? Si quieres, puedo quedarme aquí con él.
Margarita asiente.
Es Marta, la mejor amiga de su hijo.
Margarita sale de la habitación con el café en la mano.
Marta mira a Omar satisfecha y se sienta a su lado, en la cama.
-¿Sabes, hijo de puta? Ahora mismo tengo mil formas para matarte, y ni siquiera estás consciente para saberlo.
Marta sonríe.
-Bastaría con robar una jeringuilla y meterte aire por las venas. Bastaría con desconectar un par de cables y dejarte sin oxígeno. Pero no voy a hacerlo.
Marta carraspea.
-Me habría gustado tenerte el lunes en clase, para el gran final. Será divertido ver a Mónica quemarse viva. Pero si aún con esas consigo escapar de la policía, prometo que vendré a por ti. Todo éste tiempo has sabido más de lo que me habría gustado.

-¿Dónde has estado toda la noche?- La interroga la madre de Cris en cuanto ésta cierra la puerta.
-He estado dando una vuelta con Fran.
Su madre enarca una ceja.
-He hablado con Fran, me ha contado que ya no estáis juntos.
El pulso de Cris se dispara.
Su madre la mira fijamente.
-Hace un rato han pasado un sobre por debajo de la puerta. Llevaba una foto, tú y esa amiga nueva tuya dándoos un beso.
Cristina se queda paralizada.
-Te prohíbo que vuelvas a verla. Por el amor de Dios, Cris, ¿en qué estabas pensando?

Eme lee el mensaje.
Su exnovia, Ana, le ha escrito hace un rato.
Cuando ella se mudó a Zamora, pusieron punto y final a la relación.
Ahora que las dos viven en Madrid, Ana quiere volver a verla.
¿Cómo voy a explicarle que me he enamorado de otra chica en todo este tiempo?

Ana abre otra vez el álbum de fotos que guarda en el cajón del escritorio.
En sus cascos suena Rafa Espino con No hay canción que te defina.
En la primera página una foto de ellas dos, en el salón de Eme en blanco y negro.
Se ve la cara regordeta de Eme, ésa mirada que tanto le gustaba ahora bañada en gris, enmarcada encima de un “te amo” que no es más que un “te amé más que a mí misma”.
La siguiente foto también es del mismo día.
La camiseta azul de Ana, esa que hace tanto que no se pone.
Ella le da un beso en la mejilla, y Ana sonríe como nunca más volvió a hacerlo.
Pero pasaron los meses, Eme se fue. Ninguna de las dos culpó a la distancia, su amor valía más que unos cientos de kilómetros.
La siguiente foto es de otro día, tomada desde el balcón de la casa de Ana.
Eme la está abrazando desde atrás.
Y sonríen.
Sus ojos se inundan en lágrimas y cierra el álbum.
Otro amor verdadero muerto a manos de un poeta que alimentaba sus versos con mentiras.
Ana se sorprende a sí misma encontrando en el cajón una carta de Eme.
La abre.
Cuando saca los dos folios, recuerda perfectamente ése día.
La canción termina, y Fase recita el poema Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

-Marta, ¿qué haces aquí?
Marta se gira y reconoce al enfermero.
-Se llama Omar, es un amigo mío.
El enfermero se acerca a ella.
-Haremos todo lo posible porque se ponga bien cuanto antes.
Marta se queda en silencio.
-El verano pasado fuiste mi psicólogo, ¿ahora eres enfermero?
Benjamín le sonríe.
Es unos años mayor que ella y es bastante atractivo.
-Siempre he sido enfermero. Por las mañanas, psicólogo, los fines de semana, enfermero. Me gusta ayudar. ¿A ti cómo te va?
Marta también sonríe.
-Me va bastante bien. A mí me has ayudado mucho. He aprendido a controlar mejor mis impulsos. Estoy pensando incluso en estudiar medicina o algo así. Ésa máquina es lo que lo mantiene vivo, ¿no?
Benjamín asiente.
-Por suerte tenemos buena tecnología. Cuando tu amigo se despierte, dile que controle más cuando beba.
Marta asiente sonriente, y Benjamín sale de la habitación.

-¿Dónde está Maia?- Le pregunta Judith.
Ainara y ella están sentadas en la cafetería del hospital.
-Cuando he llegado a mi casa y me has avisado, ella aún no había vuelto.
Las dos guardan silencio unos segundos.
-¿Crees que se pondrá bien?- Le pregunta Judith, preocupada.
Ainara asiente.
-Ya verás cómo sí.
Y abraza a Judith, a pesar de que dentro de ella una corazonada le dice que no, que no se pondrá bien nunca.

Se le saltan las lágrimas por el pensamiento, pero lo disimula bien abrazando con más fuerza a Judith.

No hay comentarios:

Publicar un comentario