viernes, 10 de abril de 2015

Capítulo treinta y uno:

Capítulo treinta y uno: 
                 
Benjamín abre la puerta de su despacho y enciende la luz.
Ésas cuatro paredes han visto pasar a cientos de personas, cientos de pacientes. Es estúpido llamar pacientes a ésas personas necesitadas de ayuda, arropadas por el dolor, los problemas o dificultades. Gente tan fuerte que habría podido enfrentarlo solos, pero que necesitan de alguien que les escuche.
Busca el informe psicológico de Marta, quiere conseguir su número de teléfono y recuperar el contacto con ésa chica tan guapa.
Llaman a la puerta.
Una de sus pacientes de por las mañanas entra.
-¿Sí?
-En el mostrador de ahí fuera me han dicho que podría encontrarte aquí. Necesitaba hablar contigo un segundo, doctor.
Benjamín encuentra el informe que busca y lo deja encima del escritorio.
Alba de refilón ve el nombre de la paciente.
Marta Ayala.
-Sí, claro, dime.
-Necesito que me adelantes la cita. La próxima es el mes que viene, y están ocurriéndome muchas cosas últimamente.
Benjamín le sonríe.
Ésa chica le cae bien.
-Tendrás que esperarte a que se encienda el portátil.
Alba se sienta en la silla y se cruza de piernas.
-No te preocupes, no tengo prisa.
Benjamín deja el folio ahí, delante de Alba y se sienta al otro lado del escritorio. Se agacha para presionar el botón de la torre del ordenador.
Esos segundos le bastan a Alba para coger y ponerse debajo del culo disimuladamente el informe de Marta.
Por suerte no era el único que había sobre la mesa, y quedaba un par de informes de otros pacientes debajo.
Ahora tiene que despistar a Benjamín.
Se desabrocha los dos botones superiores de su blusa blanca mirando directamente a los ojos a su psicólogo.
El chico carraspea, incómodo.
Alba se pasa la mano por el pelo.
-Yo no sé lo que me pasa, pero estos sofocones que me dan de pronto no son normales, de verdad. ¿Puedes traerme un vasito de agua, por fa?
Alba se muerde el labio inferior, al tiempo que se hace aire con las manos.
-Sí, sí, claro. Espera aquí, ¿vale?
Benjamín se levanta de la silla intentando que no se le note el bulto en la entrepierna.
Alba suspira aliviada cuando sale de la sala. Coge el folio, lo arruga y se lo mete en el bolsillo de su pantalón.
Sonríe.
Si ésa zorra se ha creído que puede jugar con ella como con todos, que empiece el juego.
A Alba se le da bien identificar voces.
Se saca el móvil del bolsillo y escribe rápidamente a Judith.
Jud, Monicuernos es Marta.
La chica desde la planta de arriba le responde:
Ya, y tú eres más falsa que una oreo sin nata
.
Juan entra en la cocina cuando Martina está terminando de tomarse el café.
-¿Sabes? Anoche estuve pensando en Jorge.
Martina toma un sorbo nerviosa y se quema el labio, aparta la taza de su boca con brusquedad y se mancha la camisa.
El café le cala los pechos.
 -Ay, mierda. Vamos, Juan, arranca. Pensaste en Jorge y qué.
Juan sigue serio delante de ella.
-En Jorge y también en Raúl, el profesor de gimnasia. He pensado en darles un regalo a los alumnos de cuarto antes de que comiencen a agobiarse con qué camino tomar. Una yincana de pruebas, tanto atléticas como de arte.
Martina suspira aliviada.
-Sí, la verdad es que es una buena idea. Cariño, no sé si es buena idea hablar de esto tan temprano, pero me siento mal, ¿sabes?
-¿Ya estás con tus comeduras de coco otra vez?
-No, Juan. Esto no es una comedura de coco ni una paranoia mía.
-¿Entonces cuál es el problema, Martina? Porque yo no lo veo.
Martina niega con la cabeza.
-Está claro que el problema aquí soy yo. Olvidemos el tema, como siempre.
Juan suelta un bufido y sale de la cocina.
Como haces siempre que quiero hablar contigo, joder. Quiero el divorcio.
Martina llora en silencio.

Judith escucha Que no mueran los cantantes de Leiva sentada en el sofá de la habitación de Omar.
Se aísla del mundo así.
Cómo Alba consiguió hacerse su amiga y ganarse su confianza. ¿Para qué? Perder a una amiga de verdad por un chico es una estupidez, pero aún lo es más si además pones en juego su salud tanto física como mental, para lograr adelantarte y quedártelo tú.
La madre de Omar entra en la habitación de nuevo.
-Deberías de irte a casa. Descansa, cariño, te vendrá bien.
Judith se ha quitado un auricular.
-Está bien, volveré ésta tarde, después de comer.
Judith se despide de Margarita con un abrazo y sale de la habitación.
Margarita se detiene junto a su hijo, y ve el sobre azul debajo de la cabecera de Omar.
La carta que Marta ha traído descansa sobre la mesita, encerrada en ése sobre rojo.
Pero el azul no sabe de quién es.
Lo coge.
No lleva remitente.
Margarita la abre porque le puede la curiosidad, y horrorizada lee las líneas.

Marta saca el cuaderno de la mochila.
Ha terminado de hacer lo de Cris, y ahora toca hacer la próxima trastada.
Marta ha hecho bien en robarle el cuaderno de historia a Judith ésa mañana en clase.
Sabía que necesitaría su letra, aunque ella planeaba algo más épico como hacerla a ella parecer quien se esconde detrás de Monicuernos,  ahora tiene un plan mejor.

                Querido Omar:
                               Necesitaba pedirte perdón, aunque fuera por escrito.
                Sé que por mi culpa estás así. Y ahora en el hospital no paro
                de darle vueltas a todo lo que ocurrió anoche. Veros a Marta
                y  a ti besándoos me dolió mucho. No te llegas a imaginar
                cuánto, de verdad. Por eso hice lo que hice. Lo confieso,
                Omar. Las pastillas que te echaron en el vaso… fui yo.
                Realmente en ése momento quise que te murieses.
                Y ahora me arrepiento.

                                                                                                              Judith.

Margarita marca a toda prisa el número de teléfono de Judith.
-¿Ha pasado algo?- Pregunta alarmada al otro lado.
-¿Tanto te puede la culpa?
-¿Cómo?
-Judith, he leído la carta. Eres un monstruo, quisiste matar a mi hijo y lo dejaste en coma.
Margarita está horrorizada.
-Margarita, yo no le he escrito ninguna carta a Omar.
-¿No? Pues ésta tarde ven al hospital, y me niegas a la cara lo que te estoy diciendo.

El móvil de Lidia se ilumina y vibra desde el bolsillo de su pantalón.
Lidia tapa el altavoz rápidamente, y cuelga la llamada.
Es Mónica.
Ahora no puede hablar con ella, tiene que llamar a la policía.
Su teléfono se apaga. No le queda batería.
Normal, no lo ha cargado en toda la noche.
Lidia golpea la puerta con fuerza.
Fuera está cerrada con un candado más grande que sus dos puños.
-Que me saquéis de aquí, cabrones.- Grita a pleno pulmón.
Oye pasos al otro lado de la puerta.
-Escucha, esto no ha sido idea nuestra. A tu hermano se le está yendo la cabeza. Guarda una pistola bajo llave en algún sitio de aquí.
-Voy a llamar a la policía.- Amenaza Lidia.
-¿Y qué quieres que haga yo? Te estamos ayudando, créeme.
-¿Encerrándome aquí?
-Encerrándote es como mejor estás. Ése candado sirve también para que tu hermano no pueda entrar y acabar contigo.
No sabe quién habla al otro lado.
-¿Cómo sé que puedo confiar en ti?
-Porque Gael para mí es como un hermano, y tú eres su hermanita pequeña. Sólo por eso debo de protegerte, incluido si el peligro es él.

-Como vuelvas a gritar, te callaré yo mismo, puta. De un tiro en la sien. Y a ti, como vuelvas a hablar con ella también te volaré la cabeza.- Gael está enfadado.

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