Capítulo treinta y uno:
Benjamín
abre la puerta de su despacho y enciende la luz.
Ésas
cuatro paredes han visto pasar a cientos de personas, cientos de pacientes. Es
estúpido llamar pacientes a ésas personas necesitadas de ayuda, arropadas por
el dolor, los problemas o dificultades. Gente tan fuerte que habría podido
enfrentarlo solos, pero que necesitan de alguien que les escuche.
Busca el
informe psicológico de Marta, quiere conseguir su número de teléfono y
recuperar el contacto con ésa chica tan guapa.
Llaman a
la puerta.
Una de
sus pacientes de por las mañanas entra.
-¿Sí?
-En el
mostrador de ahí fuera me han dicho que podría encontrarte aquí. Necesitaba
hablar contigo un segundo, doctor.
Benjamín
encuentra el informe que busca y lo deja encima del escritorio.
Alba de
refilón ve el nombre de la paciente.
Marta Ayala.
-Sí,
claro, dime.
-Necesito
que me adelantes la cita. La próxima es el mes que viene, y están ocurriéndome
muchas cosas últimamente.
Benjamín
le sonríe.
Ésa
chica le cae bien.
-Tendrás
que esperarte a que se encienda el portátil.
Alba se
sienta en la silla y se cruza de piernas.
-No te
preocupes, no tengo prisa.
Benjamín
deja el folio ahí, delante de Alba y se sienta al otro lado del escritorio. Se
agacha para presionar el botón de la torre del ordenador.
Esos
segundos le bastan a Alba para coger y ponerse debajo del culo disimuladamente
el informe de Marta.
Por
suerte no era el único que había sobre la mesa, y quedaba un par de informes de
otros pacientes debajo.
Ahora
tiene que despistar a Benjamín.
Se desabrocha
los dos botones superiores de su blusa blanca mirando directamente a los ojos a
su psicólogo.
El chico
carraspea, incómodo.
Alba se pasa
la mano por el pelo.
-Yo no sé
lo que me pasa, pero estos sofocones que me dan de pronto no son normales, de verdad.
¿Puedes traerme un vasito de agua, por fa?
Alba se muerde
el labio inferior, al tiempo que se hace aire con las manos.
-Sí, sí,
claro. Espera aquí, ¿vale?
Benjamín
se levanta de la silla intentando que no se le note el bulto en la entrepierna.
Alba suspira
aliviada cuando sale de la sala. Coge el folio, lo arruga y se lo mete en el bolsillo
de su pantalón.
Sonríe.
Si ésa zorra
se ha creído que puede jugar con ella como con todos, que empiece el juego.
A Alba se
le da bien identificar voces.
Se saca el
móvil del bolsillo y escribe rápidamente a Judith.
Jud, Monicuernos es Marta.
La chica
desde la planta de arriba le responde:
Ya, y tú eres más falsa que una oreo
sin nata
.
.
Juan
entra en la cocina cuando Martina está terminando de tomarse el café.
-¿Sabes?
Anoche estuve pensando en Jorge.
Martina
toma un sorbo nerviosa y se quema el labio, aparta la taza de su boca con
brusquedad y se mancha la camisa.
El café
le cala los pechos.
-Ay, mierda. Vamos, Juan, arranca. Pensaste en
Jorge y qué.
Juan
sigue serio delante de ella.
-En
Jorge y también en Raúl, el profesor de gimnasia. He pensado en darles un
regalo a los alumnos de cuarto antes de que comiencen a agobiarse con qué
camino tomar. Una yincana de pruebas, tanto atléticas como de arte.
Martina
suspira aliviada.
-Sí, la
verdad es que es una buena idea. Cariño, no sé si es buena idea hablar de esto
tan temprano, pero me siento mal, ¿sabes?
-¿Ya
estás con tus comeduras de coco otra vez?
-No, Juan.
Esto no es una comedura de coco ni una paranoia mía.
-¿Entonces
cuál es el problema, Martina? Porque yo no lo veo.
Martina
niega con la cabeza.
-Está
claro que el problema aquí soy yo. Olvidemos el tema, como siempre.
Juan
suelta un bufido y sale de la cocina.
Como haces siempre que quiero
hablar contigo, joder. Quiero el divorcio.
Martina
llora en silencio.
Judith
escucha Que no mueran los cantantes de
Leiva sentada en el sofá de la habitación de Omar.
Se aísla
del mundo así.
Cómo
Alba consiguió hacerse su amiga y ganarse su confianza. ¿Para qué? Perder a una
amiga de verdad por un chico es una estupidez, pero aún lo es más si además
pones en juego su salud tanto física como mental, para lograr adelantarte y
quedártelo tú.
La madre
de Omar entra en la habitación de nuevo.
-Deberías
de irte a casa. Descansa, cariño, te vendrá bien.
Judith
se ha quitado un auricular.
-Está
bien, volveré ésta tarde, después de comer.
Judith
se despide de Margarita con un abrazo y sale de la habitación.
Margarita
se detiene junto a su hijo, y ve el sobre azul debajo de la cabecera de Omar.
La carta
que Marta ha traído descansa sobre la mesita, encerrada en ése sobre rojo.
Pero el
azul no sabe de quién es.
Lo coge.
No lleva
remitente.
Margarita
la abre porque le puede la curiosidad, y horrorizada lee las líneas.
Marta saca el cuaderno de la
mochila.
Ha terminado de hacer lo de Cris,
y ahora toca hacer la próxima trastada.
Marta ha hecho bien en robarle el
cuaderno de historia a Judith ésa mañana en clase.
Sabía que necesitaría su letra,
aunque ella planeaba algo más épico como hacerla a ella parecer quien se
esconde detrás de Monicuernos, ahora
tiene un plan mejor.
Querido
Omar:
Necesitaba
pedirte perdón, aunque fuera por escrito.
Sé que
por mi culpa estás así. Y ahora en el hospital no paro
de
darle vueltas a todo lo que ocurrió anoche. Veros a Marta
y a ti besándoos me dolió mucho. No te llegas a
imaginar
cuánto,
de verdad. Por eso hice lo que hice. Lo confieso,
Omar.
Las pastillas que te echaron en el vaso… fui yo.
Realmente
en ése momento quise que te murieses.
Y ahora
me arrepiento.
Judith.
Margarita
marca a toda prisa el número de teléfono de Judith.
-¿Ha
pasado algo?- Pregunta alarmada al otro lado.
-¿Tanto
te puede la culpa?
-¿Cómo?
-Judith,
he leído la carta. Eres un monstruo, quisiste matar a mi hijo y lo dejaste en
coma.
Margarita
está horrorizada.
-Margarita,
yo no le he escrito ninguna carta a Omar.
-¿No?
Pues ésta tarde ven al hospital, y me niegas a la cara lo que te estoy
diciendo.
El móvil
de Lidia se ilumina y vibra desde el bolsillo de su pantalón.
Lidia
tapa el altavoz rápidamente, y cuelga la llamada.
Es
Mónica.
Ahora no
puede hablar con ella, tiene que llamar a la policía.
Su
teléfono se apaga. No le queda batería.
Normal,
no lo ha cargado en toda la noche.
Lidia
golpea la puerta con fuerza.
Fuera
está cerrada con un candado más grande que sus dos puños.
-Que me
saquéis de aquí, cabrones.- Grita a pleno pulmón.
Oye
pasos al otro lado de la puerta.
-Escucha,
esto no ha sido idea nuestra. A tu hermano se le está yendo la cabeza. Guarda
una pistola bajo llave en algún sitio de aquí.
-Voy a
llamar a la policía.- Amenaza Lidia.
-¿Y qué
quieres que haga yo? Te estamos ayudando, créeme.
-¿Encerrándome
aquí?
-Encerrándote
es como mejor estás. Ése candado sirve también para que tu hermano no pueda
entrar y acabar contigo.
No sabe
quién habla al otro lado.
-¿Cómo
sé que puedo confiar en ti?
-Porque
Gael para mí es como un hermano, y tú eres su hermanita pequeña. Sólo por eso
debo de protegerte, incluido si el peligro es él.
-Como
vuelvas a gritar, te callaré yo mismo, puta. De un tiro en la sien. Y a ti,
como vuelvas a hablar con ella también te volaré la cabeza.- Gael está
enfadado.
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