martes, 7 de abril de 2015

Capítulo veintiséis:

Capítulo veintiséis:
            
Lidia sale del piso con doscientos setenta euros en los pechos y la ropa que llevaba ayer.
Aunque no le ha gustado tener que practicar sexo en posturas muy raras con dos hombres que podrían ser su padre, ha conseguido el dinero que necesitaba.
Marca el número.
-¿Sí?- Le responde la voz al otro lado del teléfono.
-Ya tengo los doscientos.
La voz calla al otro lado.
-Ya sabes dónde encontrarme. Pita tres veces y abriré.
A Lidia se le saltan las lágrimas.
-Mamá y papá han estado muy preocupados ésta semana. Te van a matar cuando vuelvas.
-¿De dónde los has sacado tan pronto?
-Eso te tiene que importar una mierda, ¿qué les vas a decir a mamá y a papá?
-So, hermanita. Si me estás ayudando es porque tú quieres.
-¿Porque yo quiero? Eres un gilipollas.
-Vale. Ven pronto.
El gilipollas de su hermano lleva desde la noche del sábado pasado sin pisar su casa. Tiene veintinueve años y demasiados pájaros en la cabeza, y los que eran sus amigos lo están buscando para cobrarse los doscientos euros que debe de cocaína. Por eso de la noche a la mañana desapareció y se coló en un piso deshabitado en la otra punta de Madrid.

Mónica se despierta con el ruido de la persiana de su cuarto al subirse.
-Ahora que estás embarazada, nada de dormir hasta las tantas los fines de semana.
Mónica está harta. Sus padres la han castigado sin internet, sin salir y ahora sin dormir, para un día que tiene para descansar.
Se levanta de la cama de un brinco.
-¿Ahora tampoco puedo dormir?
Su madre está enfadada.
-¿Dormir? ¿Hasta las dos como haces siempre? Y no esperes que te lo demos todo hecho. El lunes estás echando currículum por ahí, y en cuanto encuentres algo, a trabajar.
Mónica se muerde el labio.
-¿Y qué hay de mis estudios?
-¿Qué estudios, Mónica? Las notas cada vez vienen peores.
Mónica resopla.
-Mamá, sabes que sueño desde siempre con ser periodista.
-A mí me da igual lo que sueñes. En cuanto encuentres algo, a trabajar se ha dicho.
Su madre sale de su habitación.
Mónica se sienta en la cama, temblando.

El despertar de Marcos no es distinto al del resto.
Un portazo.
Los llantos de su madre se cuelan desde la pared del cuarto de al lado.
Marcos sale de la cama en calzoncillos.
-¿Mamá?- Le pregunta antes de entrar.
Abre la puerta.
Su madre está sentada en la cama, con la cabeza agachada, llorando.
-¿Estás bien?- Le pregunta Marcos.
Se seca la cara y levanta la cabeza.
Lleva la mejilla morada.
-Sí, claro que sí, cariño no te preocupes.
Su madre se levanta y comienza a hacer la cama como si nada.
Marcos se acerca a ella y la coge del brazo con suavidad.
-¿Qué te ha hecho, mamá?
Su madre suelta la sábana y se sienta.
Suspira y le comienza a contar la historia de terror que a cualquier hijo le asustaría escuchar de su madre.
-Tu padre ha pasado la noche fuera. No porque yo lo haya decidido, sino porque anoche se pasó con la botella, se le empezó a calentar la boca y dijo que quería irse a mojar por ahí, que no me necesitaba para nada, que le daba asco. Se fue, y yo no quise detenerlo. Al parecer, anoche hizo demasiado el ridículo y la gente se rió de él. Y ya sabes, me ha culpado por haberlo dejado volver a beber. Cuando ha vuelto, me ha despertado tirándome del pelo, y bueno, me ha golpeado en la mejilla con algo que llevaba en la mano.
Marcos hace ademán de ir a buscarlo.
-No, mi vida, no vayas por favor.
-¿Y qué vamos a hacer? ¿Abrirle la puerta cuando vuelva y volver a actuar como si nada?
Marcos está llorando.
Su madre lo abraza y también llora.
-Mamá. Tienes que valorarte. Ése cabrón no te merece. Quiérete, por favor. Quiérete como te quiero yo. Déjame llamar a la policía, y te prometo que esta pesadilla se acabará.

Su madre asiente.

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