Capítulo veintiséis:
Lidia
sale del piso con doscientos setenta euros en los pechos y la ropa que llevaba
ayer.
Aunque
no le ha gustado tener que practicar sexo en posturas muy raras con dos hombres
que podrían ser su padre, ha conseguido el dinero que necesitaba.
Marca el
número.
-¿Sí?-
Le responde la voz al otro lado del teléfono.
-Ya
tengo los doscientos.
La voz
calla al otro lado.
-Ya
sabes dónde encontrarme. Pita tres veces y abriré.
A Lidia
se le saltan las lágrimas.
-Mamá y
papá han estado muy preocupados ésta semana. Te van a matar cuando vuelvas.
-¿De
dónde los has sacado tan pronto?
-Eso te
tiene que importar una mierda, ¿qué les vas a decir a mamá y a papá?
-So,
hermanita. Si me estás ayudando es porque tú quieres.
-¿Porque
yo quiero? Eres un gilipollas.
-Vale.
Ven pronto.
El
gilipollas de su hermano lleva desde la noche del sábado pasado sin pisar su
casa. Tiene veintinueve años y demasiados pájaros en la cabeza, y los que eran
sus amigos lo están buscando para cobrarse los doscientos euros que debe de
cocaína. Por eso de la noche a la mañana desapareció y se coló en un piso
deshabitado en la otra punta de Madrid.
Mónica
se despierta con el ruido de la persiana de su cuarto al subirse.
-Ahora
que estás embarazada, nada de dormir hasta las tantas los fines de semana.
Mónica
está harta. Sus padres la han castigado sin internet, sin salir y ahora sin
dormir, para un día que tiene para descansar.
Se
levanta de la cama de un brinco.
-¿Ahora
tampoco puedo dormir?
Su madre
está enfadada.
-¿Dormir?
¿Hasta las dos como haces siempre? Y no esperes que te lo demos todo hecho. El
lunes estás echando currículum por ahí, y en cuanto encuentres algo, a
trabajar.
Mónica
se muerde el labio.
-¿Y qué
hay de mis estudios?
-¿Qué
estudios, Mónica? Las notas cada vez vienen peores.
Mónica
resopla.
-Mamá,
sabes que sueño desde siempre con ser periodista.
-A mí me
da igual lo que sueñes. En cuanto encuentres algo, a trabajar se ha dicho.
Su madre
sale de su habitación.
Mónica se
sienta en la cama, temblando.
El despertar
de Marcos no es distinto al del resto.
Un portazo.
Los llantos
de su madre se cuelan desde la pared del cuarto de al lado.
Marcos sale
de la cama en calzoncillos.
-¿Mamá?-
Le pregunta antes de entrar.
Abre la puerta.
Su madre
está sentada en la cama, con la cabeza agachada, llorando.
-¿Estás bien?-
Le pregunta Marcos.
Se seca la
cara y levanta la cabeza.
Lleva la
mejilla morada.
-Sí, claro
que sí, cariño no te preocupes.
Su madre
se levanta y comienza a hacer la cama como si nada.
Marcos se
acerca a ella y la coge del brazo con suavidad.
-¿Qué te
ha hecho, mamá?
Su madre
suelta la sábana y se sienta.
Suspira y
le comienza a contar la historia de terror que a cualquier hijo le asustaría escuchar
de su madre.
-Tu padre
ha pasado la noche fuera. No porque yo lo haya decidido, sino porque anoche se pasó
con la botella, se le empezó a calentar la boca y dijo que quería irse a mojar por
ahí, que no me necesitaba para nada, que le daba asco. Se fue, y yo no quise detenerlo.
Al parecer, anoche hizo demasiado el ridículo y la gente se rió de él. Y ya sabes,
me ha culpado por haberlo dejado volver a beber. Cuando ha vuelto, me ha despertado
tirándome del pelo, y bueno, me ha golpeado en la mejilla con algo que llevaba en
la mano.
Marcos hace
ademán de ir a buscarlo.
-No, mi vida,
no vayas por favor.
-¿Y qué vamos
a hacer? ¿Abrirle la puerta cuando vuelva y volver a actuar como si nada?
Marcos está
llorando.
Su madre
lo abraza y también llora.
-Mamá. Tienes
que valorarte. Ése cabrón no te merece. Quiérete, por favor. Quiérete como te quiero
yo. Déjame llamar a la policía, y te prometo que esta pesadilla se acabará.
Su madre
asiente.
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